Ayer nos quedamos en la noche del domingo al lunes y hoy continúo contándoos mi viaje a San Petersburgo.
El lunes fuimos a Peterhof, un palacio a algunos kilómetros de distancia de la ciudad, previo paso por el metro y el bus. Primero, los transportes que, según he leído, el metro es uno de los más profundos del mundo y está prohibido hacer fotos bajo pena de multa. Una vez que entras dentro lo entiendes porque está muy decorado con símbolos comunistas y demás representaciones. Eso sí parece que retrocedes unos cuantos años porque no tiene máquinas automáticas, el billete es una moneda al estilo de las que se usan en el autolavado de coches que cuesta 27 rublos (algo menos de un euro) y unos teléfonos de comunicaciones como los que salen en Cuéntame. Ya en el bus nos tuvimos que servir de una chica de nuestro grupo que hablaba ruso porque no había manera de encontrar el bus adecuado, aunque en realidad era más una furgoneta grande.
Bien, ya en Peterhof que lo llaman el Versalles de San Petersburgo resultó que todo estaba cerrado porque era lunes. Aun así pudimos ver los jardines porque las chicas éramos muy guapas (palabras textuales del guardia de la puerta). Ya dentro otra vez vuelta al puro estilo ruso, es decir, dorado, blanco, tamaños excesivos y colores llamativos. Pese a esto destacar que es bastante bonito y bien cuidado, aunque me gustaría conocerlo un poco más.
Al salir fuimos a una iglesia cercano, de la que no sé el nombre, porque nos habían dicho que merecía la pena. He de reconocer que sí. que era chula hasta que el encargado del lugar nos echó de allí por hacer fotos y tampoco puede verlo en profundidad.
Ya por la noche fuimos a cenar a un restaurante de sushi y descubrimos lo milimétricos que son los rusos y el no se aplica la oferta porque es hasta las seis y habéis pedido a y veinte. Aunque llevábamos sentados desde menos cuarto. Además cuando nos entregan la cuenta podíamos aplicar un descuento y nos dicen que ya está impresa y que no se puede. Nada, te haces y ya está que a San Petersburgo no se va todos los días. De noche fuimos a ver cómo se abrían los puentes porque por a medianoche se abren todos e incomunican las dos islas principales hasta la mañana siguiente.
El martes por la mañana nos dirigimos a la fortaleza de San Pedro y San Pablo donde dimos una pequeña vuelta y nos asomamos a la iglesia principal. Iglesia en la que hubiera entrado pagando si no estuviera llena de andamios y eso fue todo.
Para comer nos decantamos por otro restaurante ruso donde pedí una especie de tortellinis rusos rellenos de salmón que estaban muy ricos. Y para volver al barco cogimos la línea 3 de metro que, para evitar suicidios, tienen el paso a los vagones tapiado y se abren las puertas cuando llega el vagón. En París ya había visto este mecanismo pero eran mamparas de cristal y no bloques de cemento y puertas de metal que parece que te llevan a un búnker para bombas.
En resumen, el viaje me ha parecido genial y el lugar increíble pese al gran contraste que supone pasar de Finlandia a Rusia. Como hablaba ayer con mi compañera de piso alemana son rudos, cortantes, secos y la ciudad está un poco sucia; pero la ciudad tiene algo que gusta. Y, destruyendo estereotipos, no me pareció tan peligrosa como te lo cuentan antes de ir y, confirmando otro estereotipo, se come bien.
Aquí viene otra sesión de fotos, son menos de las que quería pero he tenido unos problemas técnicos. Si los soluciono actualizo. Moi moi
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| El puente principal de San Petersburgo a medianoche |
| La fuente principal de Peterhof |
| Los jardines de Peterhof |
| La última puesta de sol desde el barco |


